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RAFAEL HUMBERTO MORENO DURAN-ESCRITOR
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RAFAEL HUMBERTO MORENO DURAN-ESCRITOR

 

Globalización política, balcanización cultural

Por
R.H. Moreno-Durán

Nuestro tiempo vive una gran paradoja: cuanto más se habla de globalización en términos políticos, económicos y tecnológicos, más se acentúa la balcanización en términos culturales. Y esta paradoja pone de presente un infundio, pues contrariamente a lo que afirman los teóricos, la globalización que hoy nos agobia no es el primer intento de universalización que se conoce. Basta para ello recordar la expansión socio-política y territorial del Imperio español durante el siglo XVI y, en el campo cultural y espiritual, la prolongación del llamado Siglo de Oro en los fastos del gran Barroco, vigente hasta las postrimerías del siglo XVII.

Pero, más allá de la casi inverosímil ampliación del mapa del Imperio español de esa época, fue el arte en general y la literatura en particular los que mejor pusieron de presente la anulación de las fronteras políticas y geográficas de entonces.  Es bien sabido que a pie de página de la historia mayestática de los acontecimientos supranacionales, se escribe con la misma letra aunque en minúscula, la historia en apariencia discreta pero feliz de ciertos hechos que suelen tener una fascinante gravitación literaria. Gracias a esta prosa superpuesta, podemos apreciar cómo, al socaire de los estertores del último de los Austrias, al otro lado del mar un poeta neogranadino se enamora de una hermosa monja novohispana de imponderables atributos intelectuales, y que ese deseado encuentro amoroso, de imposible consumación física en vida, se cumpla más allá de la muerte merced a la complicidad de las imprentas españolas. La cita de los amantes, irrealizable por razones morales y religiosas, al igual que por la abismal distancia geográfica que los separaba y la difícil sincronización de sus tiempos humanos, se cumple en el espacio perdurable de la escritura. Porque gracias a la escritura y a ese castellano cuya universalidad trasciende las latitudes y sintoniza los relojes, los poetas –es decir, los amantes que escudan sus pasiones tras la expresión lírica, tal como lo sugiere la obra Cuestión de hábitos— crean un atlas nuevo en el que la sensibilidad y la cultura anulan las convenciones que intentan enclaustrarlos en un espacio doméstico.  Gracias a la expansión de las tendencias barrocas, la literatura borra las fronteras y convierte la lengua castellana en la primera gran transnacional de la era moderna, con acciones que se cotizan en la única bolsa de valores perdurable: la creación estética.

Y esta es la razón que explica que, en el breve tiempo que dura el viaje de los galeones entre la Metrópoli y sus colonias ultramarinas, las disposiciones burocráticas de la Corona se vean desplazadas por los versos de poetas como Francisco de Quevedo y Luis de Góngora, que encuentran entre los autores del Nuevo Continente ecos admirables e inmediatos. Y esto es lo que facilita que, so pretexto de la literatura, un poeta quevediano como el neogranadino –léase colombiano—Francisco Alvarez de Velasco y Zorrilla se enamore de una monja gongorista como la novohispana –léase mexicana—Juana Inés de la Cruz. El poeta enamorado le da la espalda a las dificultades de la geografía y, por ende, a la distancia que separa a Colombia de México, y para cumplir la cita con su amada le basta leer y doblar las páginas de los libros de esa hermosa mujer que en el siglo se llamó Juana de Asbaje y Ramírez. Y es tal la devoción de este poeta que no cesa en su amor ni siquiera cuando se entera de que la monja ha muerto algunos años atrás. Pero eso no importa, pues la literatura es el único oficio humano en el que toda transgresión es posible.  De ahí que al poeta no le importe mucho esa fúnebre evidencia, pues, nacido en el país de la muerte, el colombiano sabe que más vale amada difunta que novia viva embalsamada por los convencionalismos.

A diferencia de la globalización del presente, que en el campo cultural no es más que la efímera universalización de la frivolidad, la globalización del periodo barroco devino una permanente entronización del talento y el genio. No obstante, varias son las cuestiones y circunstancias que equiparan a estas dos pretensiones de universalidad. Una de ellas es la antiquísima actitud del Poder ante el creador artístico: la domesticación gregaria o la censura, sea ésta brutalmente impuesta o sutilmente inducida. No puede pasar inadvertido el hecho que constata cómo en ambos periodos históricos rigen dos imperios hegemónicos: el político-religioso y contrarreformista de los últimos Austrias, ayer, y el político-tecnolátrico y represivo de los Estados Unidos, hoy.  Curiosamente, los mandatarios de esas dos formas de globalización también se parecen: el contemporáneo de sor Juana y Alvarez de Velasco y Zorrilla fue el rey Carlos II, El Hechizado, último descendiente de Juana la Loca y de quien se decía  que “había sido envenenado cien años antes de morir”. Y tal vez para honrar los precedentes necrofílicos de su linaje, este rey falleció el Día de los Muertos del año en que murió el gran Barroco.El perfil del monarca de la globalización actual, George W. Bush, no difiere mucho de la semblanza del rey español, unidos ambos además por un coeficiente intelectual que los acerca a la escala zoológica.  Bush, cuya paranoia y sed de retaliación sólo es comparable a su devoción por la muerte y la mediocridad de su estirpe siempre ha estado hechizado por el Poder e idiotizado hasta el delirio por el oscuro capital de las transacciones neoliberales.  Carlos II y Bush le dan sentido a la crítica que desde el escenario y sobre la guerra hace Fausto, el más grande intelectual forjado por la literatura: “Todos los políticos han leído historia, pero se diría que la han leído para sacar de ella el arte de reconstruir las catástrofes…”.

Pero, ¿cómo una época como la actual,  que en asuntos empíricos liquida los límites del mundo, en los asuntos del espíritu traza compartimentos cerrados, balcanizándolo, convirtiendo la cultura en un ghetto, en una red de celdas incomunicadas y opresivas?  El imperio contemporáneo no difiere de otros sistemas cuyo objetivo prioritario fue mimar al creador dócil y minusvalorar o ignorar la voz del creador disidente. Hoy, como en los tiempos de Góngora y sor Juana Inés de la Cruz, cuyas brújulas señalan el mismo norte de Quevedo y Alvarez de Velasco y Zorrilla, el problema más importante que se le plantea al escritor es, como siempre, la recurrente actitud que asume o deja de asumir ante la vulneración de los derechos humanos y la situación social del ámbito al que pertenece, lo que es tanto como insistir en el comportamiento del intelectual en épocas de crisis. En otras palabras, se trata de definir el talante ético del creador artístico en ese escenario donde la banalidad global pretende asfixiar la opinión personal, donde la multitud subalterna intenta opacar la disidencia del individuo, donde, en fin, la coral altisonante del Poder busca silenciar la voz propia del transgresor.

Por ello, al hablar de escenario y voces enaltecidas o apagadas, cobra sentido la gran certeza que el príncipe estudiante formula desde su improvisado teatro en Elsinor: “Es en el escenario donde atraparé la conciencia del Rey…” ¿No es ésta la más idónea coartada que hay que utilizar a la hora de juzgar la política de nuestro tiempo? Al hablar de teatro, los artistas suelen invocar una larga tradición que va desde Esquilo y Sófocles hasta Bertolt Brecht y Tennessee Williams, en tanto que para los políticos los únicos teatros posibles son las deprimidas regiones donde con fuego real escenifican sus guerras, llámense Vietnam, las selvas y campos de Colombia o Irak.  Los escritores, en cambio, desde esa época heroica y remota en que se forjaba nuestra sensibilidad, han concebido el teatro como un pretexto perfecto para cuestionar las arbitrariedades del Poder, esté encarnado éste por Creonte o Ricardo III, Cronwell o el Rey Lear, Calígula o El Fantoche Lusitano.  El teatro traslada a las tablas la mala conciencia de quienes desde la noche de la infamia han manipulado el destino de sus semejantes y es tal vez por eso que el género dramático jamás ha perdido vigencia.  Y esa intransigencia crítica ante los dómines del mundo y sus cipayos es, también, una de las preocupaciones medulares que animan el oficio de escribir. Porque, aparte de los imperativos morales, ejercer la crítica es para el escritor una cuestión de hábitos, un inaplazable debate contra las artimañas que tiene el Poder para adular primero y silenciar luego a los intelectuales ariscos, como la burocracia virreinal y la jerarquía eclesiástica hicieron con sor Juan Inés de la Cruz, que pasó del esplendor a la miseria en un drama de un solo acto. Consciente del doble papel que encarnaba, como mujer y como artista, la monja lo expresaba ya de forma lúcida cuando subrayaba la bifronte naturaleza de su condición: “ En dos partes dividida / tengo el alma en confusión: / una, esclava a la pasión, / y otra, a la razón medida…”

Estas palabras y el ejemplo de la vida de quien probablemente es la más grande escritora de nuestra lengua, ponen de presente, una vez más, de qué forma el arte se anticipa lúcidamente a la política.  La universalización del humanismo barroco, que a pesar de los errores y crímenes del Imperio consolidó la unión y le dio un alma al cuerpo iberoamericano, fue más amplia y fecunda que la globalización presente.  Pues lo que hoy vivimos es una globalización que se impone sólo tras el fracaso de los sistemas totalitarios, aunque actúa de manera no menos totalitaria y excluyente, y que a diario alimenta los intereses de una hegemonía agresiva y deshumanizadora, que combate al fundamentalismo con el fundamentalismo y al terror con el terror, y donde la voz crítica no tiene cabida. Felizmente, la literatura se las ha ingeniado siempre para sobrevivir en tiempos de zozobra y la disidencia levanta sus propios tinglados para hacerse oír y, en lo posible, atrapar la mala conciencia de quienes erigidos en jueces del Apocalipsis que ellos mismos han desatado, quieren convertir la inquisición y el patíbulo en la cínica justificación de sus oscuras maniobras.

Víctima de un cáncer, falleció en Bogotá el escritor colombiano R.H. Moreno Durán

El año pasado obtuvo el premio ‘Ciudad de San Sebastián’ por su obra de teatro ‘Cuestión de hábitos’.

Hace unos tres meses, el escritor colombiano Rafael Humberto (R.H.) Moreno Durán, le dijo a su amigo, el poeta Juan Gustavo Cobo Borda: "Ahora sé lo que significa la palabra desconsuelo". Con eso señalaba que el "monstruo"–como llamaba al cáncer– que se apoderó de su páncreas y luego se expandió a todo su cuerpo, le había ganado la batalla.

Hace una semana, era el anfitrión en la presentación de la novela del escritor chileno Jorge Edwards, El inútil de la famillia, prevista para el jueves pasado. Sin embargo, tuvo que ausentarse porque el día anterior fue internado en la clínica Reina Sofía. Ayer a las 11 de la mañana, el dolor y el sufrimiento de los últimos días, terminó. El cáncer se llevó, a los 59 años, a una de las figuras más importantes de la literatura colombiana de la segunda mitad del siglo XX.

Nació en Tunja, en 1946. Se trasladó a Bogotá, a mediados de la década del sesenta para estudiar derecho. Ingresó en 1965 a la universidad Nacional. Sus años en esa institución, el sueño de su generación y los cambios que experimentaron América Latina y Colombia en esa época fueron el tema de su primera novela: Juego de damas, que al lado de Toque de Diana y Finale capriccioso con Madonna, constituyen lo que luego relanzó como la trilogía Femina suite, quizás su obra más conocida y mejor comentada.

R.H. debutó en el plano de las letras realmente como ensayista, con su texto De la barbarie a la imaginación, donde daba cuenta de la revolución literaria que causó el boom latinoamericano.

Ese libro le abrió un espacio dentro de la comunidad de escritores de España, y especialmene de Barcelona, a donde se había trasladado después de graduarse de abogado, en 1971. Tenía claro que para dar a conocer su obra, debía buscar una industria editorial más sólida.

Logró su cometido. Los libros de la trilogía y el ensayo, los publicó en España, en la década del setenta, cuando el medio editorial español se había cerrado sobre sí mismo, después de la apertura del boom, y eran muy pocos los latinoamericanos que podían romperlo. "Publiqué en Seix Barral, cuando todavía era independiente", solía recalcar.

Su actividad literaria lo llevó a colaborar en revistas tan importantes como El Viejo topo y Quimera (de esta última dirigió una edición latinoamericana que luego se cerró).

Uno de sus grandes momentos fue cuando el ensayista uruguayo Ángel Rama lo incluyó en la exclusiva lista de escritores del post boom.

Regresó a Colombia en 1986, venía para un homenaje y terminó quedándose para siempre. "Encontré un país más desarrollado, urbano, que había cambiado hacia la mentalidad de la ostentación. Eso se ve en El caballero de la invicta y en Cartas en el asunto", dijo en una entrevista.

Ya en el país desarrolló su carrera literaria alternándola con viajes constantes alrededor del mundo donde era solicitado por las ediciones de sus novelas y también por sus múltiples ensayos.

En el último lustro su carrera tomó un nuevo impulso. Editorial Alfaguara relanzó casi toda su obra, incluyendo Fémina suite. Además, los escritores de la nueva generación lo señalaron a él y a Germán Espinosa como dos autores fundamentales para hacer el tránsito entre ellos y la sombra descomunal de Gabriel García Márquez.

El año pasado R.H. Moreno incursionó por primera vez en el campo del teatro. Lanzó la obra Cuestión de hábitos, con la que obtuvo el premio Ciudad de San Sebastián. Es una historia sobre Sor Juana Inés de la Cruz, la gran escritora mexicana que es acosada por la envidia y la censura.

Su obra se caracterizó siempre por un profundo respeto por la palabra. Era un artesano del verbo. Sus libros estaban llenos de juegos de palabras y de gran profundidad intelectual, hecho que solía matizar con grandes dosis de ironía. Su novela Mambrú, por ejemplo, se refería a la incursión del Batallón Colombia, en la Guerra de Corea. Un crítica profunda a un momento de la historia colombiana que tradicionalmente se ha tomado con un episodio heroico. El título obviamente es un juego con la canción infantil. Los felinos del canciller se ocupaba de toda la hipocrecía del lenguaje diplomático. Cartas en el asunto era una serie de cuentos con los diferentes significados de esa palabra.

El final

A mediados de la año pasado, cuando se encontraba ordenando la biblioteca de su nuevo apartamento sufrió un leve desmayo. Después de los chequeos médicos llegó el diagnóstico: tenía cáncer.

Pero, a pesar de que el pronóstico era difícil, R.H. Moreno, estaba decidido a contradecir la lógica médica. En los primeros meses estuvo optimista y tenía la certeza de que iba a salir adelante. "Los exámenes médicos demostraron que el "monstruo" se retrajo y está ubicado en el estómago. El dolor debe ser porque está herido y los médicos piensan que espera dar su batalla final allí. Vamos a ver", afirmó en una entrevista con motivo del premio en San Sebastián. Aunque perdió la batalla final, el "monstruo" no venció su voluntad literaria, que estuvo intacta hasta el último momento.

‘Estaba en el momento más brillante’

El escritor cartagenero Germán Espinosa habla sobre la obra de quien fue su mejor amigo.

"Ante todo quiero decir que, aparte de haber sido R.H. Moreno uno de los mejores escritores de Colombia en todos los tiempos, constituyó también para mí uno de los mejores amigos de mi vida.

Su muerte me duele tanto más, en la medida de que se encontraba en el momento más brillante de su producción literaria. Él tenía mucho que darnos, pero, de todas formas, la crítica tendrá que volver constantemente sobre su obra para encontrar en ella una de las realizaciones más felices de nuestra literatura".

Sobre su obra

"Más temprano que tarde nos daremos cuenta del gran vacío que deja R.H . y de la gran importancia de su obra, tanto la crítica como la creativa. El valor de esta última es inobjetable. Unos dicen que sus novelas son difíciles de leer, pero la vida y la historia sabrá decirnos hasta dónde llegaba. Queda claro que R. H. vivía de su oficio. Era un escritor profesional y lo fue en un momento en que había muy pocos".
El editor Conrado Zuluaga.

"Me parece la muerte de R. H. Moreno Durán es una pérdida muy grande para las letras colombianas. No obstante, deja una obra inédita, lo cual me hace pensar inmediatamente en el talante del verdadero escritor: el que piensa no solamente en lo que ha publicado sino en lo va a dejar. Me parece que la literatura colombiana pierde, no solamente a un narrador de primer nivel, sino a un ensayista deslumbrante"
El escritor Fernando Toledo.

"Moreno Durán tenía la ambición necesaria para elaborar una obra de ficción con una arquitectura muy nítida y bien construida, para encerrar dentro de esa estructura a un satírico feroz de las costumbres desde sus textos sobre el matriarcado en la cultura hasta sus parodias de la vida diplomática en el exterior oscilaba entra la sátira y la erudición. Siempre fue fiel a su vocación de lector y escritor".
El poeta Juan Gustavo Cobo Borda.

"Siempre lo consideré un intelectual de primera línea. Fue un ensayista y divulgador de literatura, de los más grandes que ha habido, e hizo énfasis en la literatura urbana en Colombia después del boom latinoamericano. Tuvo un ángulo como pensador y ensayista, y otro como creador. En ambos caso sobresalió. Es una pena para el país, pues por su formación intelectual deja un vacío que no llena nadie".
El escritor Mario Mendoza.

TOMADO DE

WWW.ELTIEMPO.COM.CO EDICION DIGITAL 22 NOV DE 2005


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